Transcribir Música

Transcribing
Internet nos cambió la vida, a todos. Si hablamos de música, creo que es justo utilizar la palabra revolución. Antes de la era de la información, los músicos teníamos contadas maneras de aprender según qué cosas. Para nosotros, los guitarristas, leer acerca de cuestiones como afinaciones alternativas o el correcto orden de una cadena de pedales, era poco menos que una utopía. Sencillamente, no existían fuentes de información. Aprendíamos como podíamos los unos de los otros, hablando, tocando juntos y con el método prueba y error por estandarte.

Hace no tanto, si querías versionar una canción, aprender una progresión de acordes o simplemente tocar una frase que te gustara, tenías que sentarte a transcribir. Esto es lo que comúnmente se conoce por sacar de oído. Dependías exclusivamente de tu habilidad auditiva, pero tocabas justo lo que querías tocar, la música que de verdad te mueve. Esto es algo que hoy parece haber perdido el sentido, dado que la red nos proporciona la información que necesitamos. Aún así, hay obstáculos importantes que salvar:

La abundancia: seleccionar lo que de verdad necesitas en un océano de datos puede ser un problema, más si estás buscando sobre temas en los que no tienes experiencia previa.

La calidad: internet está plagado de transcripciones realizadas por músicos aficionados, con la mejor intención del mundo, pero con fallos perpetuados de forma viral.

A pesar de esto, muchos estudiantes principiantes, intermedios o incluso avanzados, rechazan sistemáticamente el ejercicio de la transcripción. Lo veo cada día en mi trabajo y hay varias razones para esto. Hace pocos días, sugerí a un alumno, concentrado en el estudio del Blues, que intentara transcribir el material que más le interesara. La idea le pareció tan descabellada que su reacción fue carcajearse. Le conozco bien y sé que ni siquiera confiaba en la habilidad de su oído para llevar a cabo la tarea. Así que después de bromear y reírnos un rato juntos, decidí ejercer presión en el punto adecuado y convertir la clase de ese día en un sesión de transcripción asistida.

Elegimos un tema que él conocía y llevaba años escuchando. Presioné el play dejando sonar tan solo la primera nota para acto seguido pausar la música. Repetí esta acción varias veces, aislando ese primer sonido de la canción, de manera que pudiera acceder a ella cómodamente. Le tomó unos segundos transcribir esa primera nota. Yo permanecí prácticamente al margen, solo me limité a manejar el reproductor musical y hacer algunas preguntas. Después le propuse sacar las siguientes tres notas, que tardó todavía menos en encontrar en su guitarra. En ese momento, tomé papel y lápiz y empecé a anotar su trabajo. En cuestión de pocos minutos teníamos varias líneas transcritas. David había derribado a un Goliat llamado transcripción.

El resultado de una hora de trabajo no es un tema transcrito, es un oído mejor afinado y más capaz, es una comprobación práctica de lo que señalan los libros y profesores. Así, por una mezcla de desconocimiento, pereza y falta de confianza, nos privamos de una manera única de vivencializar el aprendizaje.

Hacer música es como cocinar, no puedes aprender pidiendo una pizza por teléfono. Indudablemente, es rápido y te soluciona el problema, pero por un espacio de tiempo muy corto. El asunto sigue sin resolverse, hasta que de verdad te sientes a hacerlo tú mismo. No transcribimos únicamente para obtener un resultado concreto. Lo hacemos para comprobar internamente el funcionamiento de las cosas, para desarrollar la intuición y conectar la imaginación con la información.

En pleno siglo XXI, la respuesta a todo parece estar en Google. Queremos todo para ayer. Necesitamos resultados instantáneos con el menor esfuerzo posible. Por supuesto, la información es maravillosa. Lo peligroso es creer que todo funciona de manera similar a bajarse un programa, instalarlo y tener la vida resuelta. Nos centramos en el resultado, no en el proceso. Y eso, en el arte no da frutos tan excepcionales como pudiera parecer a primera vista.

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