La responsabilidad de los profesores

LEFT HAND CHORD
La semana pasada, un nuevo alumno empezó a estudiar conmigo. Como suele pasar en las primeras clases, hay un gran intercambio de información y acaban teniendo lugar largas conversaciones en las que ambos abonamos el terreno donde crecerá nuestra relación. En primer lugar, pregunto exhaustivamente lo que necesito saber para hacer mi trabajo. Esto es, la experiencia previa a las clases, si es que la ha habido, sea del tipo que sea. Todo cuenta y es importante no dar nada por sentado. Después, trato de exponer mi visión de la docencia y cómo creo que puedo ayudar a alcanzar los objetivos planteados.

Nada de esto es necesario cuando estudias oficialmente. En ese caso, hay un plan de estudios que cumplir, y ambos, profesor y alumno, han de ceñirse al programa, aunque éste lo haya elaborado el mismo profesor. Este limitado margen de acción hace que todo sea menos problemático. Sin embargo, en el tipo de enseñanza al que me dedico, hay una diferencia basada en la libertad. No existe la presión. No hay que demostrar nada en una prueba, no hay por qué satisfacer las necesidades de terceros (a menudo los padres de estudiantes jóvenes) ni existe la motivación de conseguir un título que engorde el currículum. Ni siquiera hay un compromiso de duración, aun siendo el aprendizaje musical una tarea de recorrido vital. Alguien quiere aprender por puro interés personal, acude a mí y yo le ayudo en la medida de mis posibilidades. Poco más que añadir.

Volviendo a mi alumno, empezó a relatarme que había tenido otros profesores, y en concreto por qué acabó cansado de su último maestro. Al parecer, un excelente guitarrista de Blues y Jazz, empeñado en que su estudiante siguiera sus pasos, aprendiendo cosas que poco tenían que ver con el empeño original de su pupilo. Pero lo que es innegable es que este estudiante, estaba poco o nada interesado en estos campos. Él ya tocaba en un grupo, versionando la música que realmente le interesaba, e incluso empezando a componer sus propios temas, sin otra ayuda que su intuición. El punto clave aquí es que lo que estudiaba y lo que tocaba no estaba conectado en manera alguna. Como era de esperar, no tardó en abandonar esas clases, decepcionado, desilusionado y hasta enojado.

Y eso es lo que ciertos profesores se empeñan en no ver. Que el alumno, por norma general, ya tiene una idea bastante aproximada de lo que quiere conseguir en el futuro, incluso aunque dude de su talento. Esa automotivación es una pila cargada que el profesor ha de saber utilizar en beneficio mutuo, generando una retroalimentación en la relación profesor-alumno. Quien posee un interés genuino en lo que sea, ya tiene todo lo necesario para alcanzar sus metas. Donde hay un deseo hay un camino, por muchos obstáculos que sea necesario salvar. Quizá muchos docentes menosprecien la enorme ventaja que esto supone, pero es nuestra responsabilidad aprovechar la motivación de alguien, e implica saber canalizar esa energía y transformarla en resultados palpables. Si no, no estás haciendo bien este trabajo, por muy profesor que seas.

Esto me lleva a otra idea clave: ¿por qué agotamos esa energía hasta hacerles creer que sus intereses son menos importantes que los nuestros? En una especie de menosprecio encubierto los minamos hasta transformarlos en pilas gastadas. En esta relación que es la enseñanza, el alumno ha de decidir qué quiere conseguir en la música. Eso implica qué instrumento desea tocar, con qué estilos musicales siente afinidad, y cómo se quiere desarrollar artísticamente (como intérprete, improvisador, compositor, etc) y por supuesto al nivel deseado, desde aficionado a profesional, o cualquier punto entre medias.

Sobre esto no tengo ningún tipo de duda, es competencia exclusiva del estudiante tomar estas decisiones, igual que en la enseñanza reglada debe elegir una rama, una carrera o una especialización. A partir de aquí empieza la labor del profesor, y no antes. Por ponerlo de otra forma, el alumno está en el punto X y quiere llegar al punto Y. Él mismo determina qué es Y. Los profesores sólo mostramos el mejor camino a Y, pero no tenemos libertad de decidir la naturaleza de Y, o mucho menos sustituir Y por Z o cualquier otro punto, de hecho ni siquiera tiene por qué gustarnos el punto Y.

Los profesores que vamos por libre, tomamos decisiones que no nos pertenecen. Yo mismo lo he hecho muchas veces. Es duro desprenderte de muchos años de condicionamiento y librarte de los patrones del pensamiento establecido. La sombra de la tradición académica es larga y los educadores, como humanos torpes que somos, tendemos naturalmente a creer que lo que hemos aprendido es “la verdad” y como tal la hemos de transmitirla de la misma manera que nos la enseñaron a nosotros antes, en un perpetuo círculo vicioso. Que el modelo educativo está obsoleto no es ninguna novedad. Ya es hora de que los profesores despertemos del letargo y empecemos a cambiar las cosas. Motivar y cargar pilas, las nuestras y las de nuestros estudiantes.