Siempre hubo clases

Siempre hubo clases
Cuando conoces a alguien y entablas una conversación, tarde o temprano acabas hablando de tu profesión. Si dices que eres músico, no es raro que te encuentres esta frase por respuesta: “Qué suerte tienes de dedicarte a lo que te gusta”. Innegablemente, son palabras amables, pero es interesante analizar su contenido, porque revela cosas acerca de cómo la sociedad percibe y valora al arte y a los artistas en general.

Contestando a la observación antes mencionada, siempre aclaro lo afortunado que me siento. Faltaría más. Es innegable que tengo la suerte de dedicarme a algo por lo que me siento inclinado desde muy pequeño, algo que me interesa, me apasiona y me satisface. Si hubiera nacido en un punto diferente del planeta, es seguro que mi ocupación y mis preocupaciones serían muy diferentes. Pero siendo realistas, estamos conversando con alguien en similares condiciones, así que argumentar en esa dirección es un callejón sin salida.

A veces esa frase va seguida de: “¿A qué más te dedicas?”. Es muy posible que nuestro conversador no sepa la dedicación que exige ser músico. Quizá desconozca los esfuerzos que hay que hacer cada día durante toda tu vida para seguir progresando. Pero ni siquiera me molesto en explicarlo, no creo que sea algo muy importante, ya que quienes amamos esto lo hacemos con alegría e interés. No concebimos la vida de otro modo, así que no es ningún drama. Es un regalo.

Lo que da a entender alguien que te espeta eso, es que tu situación es excepcional, en diferentes sentidos. O bien la envidia (sana o insanamente) por no estar en tu piel, o la desaprueba porque tiene un concepto muy diferente del trabajo y la realización personal. Un concepto que deja fuera de la ecuación cualquier aspiración artística.

Pero lo cierto es que si te defines como artista, inmediatamente quedas clasificado en uno de dos grupos: triunfador o perdedor. No hay término medio. El primero es claramente respetable, en el arte o en el campo que sea. Nadie pondrá en duda el valor de tu ocupación si la noche anterior has metido 15.000 personas en un recinto para oir tu música o si vendes millones de discos.

Si no es el caso, es muy probable que marquen la casilla de “muerto de hambre”. En cualquier ámbito, ser un don nadie es una cosa fea. Así que el mensaje es paternalista y claro: “La vida no es un camino de rosas, no puedes hacer todo lo que deseas hacer. O lo que es lo mismo: “Deja de perder el tiempo con la música y búscate un trabajo real”.
La lista de los hitos socialmente aceptados no incluye que tus intereses reales coincidan con tu ocupación, a no ser que tu pasión sea la medicina, la arquitectura, la economía, la ingeniería…
Por supuesto, no tengo nada en contra de estas disciplinas. Solo trato de señalar que gozan de una respetabilidad de la que carecen las artes.

Trabajar en un campo creativo, pese a quien pese, está mal visto y es a causa del concepto que tenemos del éxito. Lo hemos aprendido de nuestros padres, de nuestros profesores, de nuestro mejor amigo, de los libros, de las películas: el éxito significa dinero.
En términos generales, la valoración del artista se mide por su capacidad de generar dinero, no por la calidad de su obra. No es de extrañar entonces, que el mensaje que nos llega desde todos los ángulos sea que hacer música no es buena idea, o que es un entretenimiento inofensivo con el que llenar el tiempo libre. Y posiblemente no sea buena idea, si tu objetivo es hacer dinero, claro. Estoy convencido de que hay mejores y más rápidas maneras de conseguir llenar el bolsillo. Lo sé, estoy haciendo algo peligroso, que es generalizar, pero creo que es innegable que la tendencia predominante es esa, al menos en la sociedad española.

Es cierto que en el sector profesional de la música hay diferentes estratos económicos. Como en la vida real, hay clase alta y clase baja, pero también existe la clase media. Esa que parece invisible e incluso increíble para gran parte de la gente. Músicos que se ganan la vida dignamente con algo que los hace felices: tocando en salas pequeñas, grabando música para trabajos puntuales, amenizando eventos, enseñando o componiendo música que nunca los hará nadar en dólares.

No quiero teñir esta entrada de victimismo ni negatividad. Ciertamente me apena comprobar que hay mucha gente que se dedica a algo que no le gusta o que incluso detesta. Quizá un día cerraron la puerta a sus verdaderos intereses por miedo a no encajar o a fracasar, o tal vez su verdadera religión sea el dinero y todavía no se han dado cuenta. Todos sobresalimos en algo que nos interesa. Lo importante es identificar ese algo lo antes posible y tener el coraje suficiente para seguirlo, donde sea y cuando sea.